Posted by : Kiarytza Mendez 03 November 2007

La joven universitaria una vez más, se enfrenta a la crisis de realidad existencial: ya creció. La luna no es de queso y los ratoncitos no dejan dinero bajo la almohada a cambio de un diente; santaclós no existe y la cigüeña no tira bebés en las casas de mamá y papá.
Bonitos tiempos aquellos en los que con un "perdón" se arreglaba todo, con una mirada triste y un "por favor" conseguía tener el mundo -mi mundo- a mis pies. Ya no es así, ya la vida se trata de mucho más que simples juegos y no me parece del todo bien. Preferiría seguir viviendo en el mundo donde las reglas eran impuestas sólo por diversión y que al final de una competencia lo importante era reirnos y no ganar. Cuando mi bisabuela preparaba galletitas para todos, si no daba para alguien la compartíamos, claro, porque ella nos obligaba. Sería diferente si no fuese complicado,si el dolor y la herida de una traición se esfumara con una canción como "sana curita, curita de rana" -bonita melodía en los labios de mi madre.
Los costos de vida suben, la criminalidad incrementa, no tenemos control... Perdemos el control. El mundo se nos va de las manos; perdemos nuestras manos trabajando. Trabajamos para superarnos y nos superamos para luego perder el control al perder nuestras manos trabajando. ¡Qué ironía! Antes jugábamos a trabajar por placer, ahora trabajamos por obligación. "¡Ya no es un juego nena, tienes responsabilidades y deberes que cumplir!", al menos eso dice mi padre, pero no me agrada la idea.
Preferiría seguir siendo una niña, estudiar porque me gusta aprender cosas nuevas y preguntar mil veces "por qué" sin conseguir respuesta que me conforme, trabajar porque me divierte, besar sapos buscando un Príncipe Azul, que el peor de mis delitos fuese comer chocolates de más o no lavarme las manos antes de comer, decirle "no" a todos los extraños, hacer pataletas por un globo, ver el futuro demasiado lejos, jugar a cualquier hora, no saber mentir, dormir poco para divertirme mucho, escapar de los problemas montándome en mi triciclo y escondiéndome detrás del árbol de tamarindo, combinar cualquier color de ropa sólo porque me gustaban, colorear cuando llegue el enojo, jugar con mis muñecas para no escuchar los regaños de mis padres, no llorar por un corazón herido, olvidar a los nenes y pensar sólo en mi próxima estrategia para molestar a mi hermana (y a mis primos)...
En fin, llegar a este punto me hace suplicarle a la vida que con tanta responsabilidad y deberes por cumplir, no me obligue a perder la ilusión e inocencia que guardaba cuando niña (y que aún hoy intento conservar).

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